sábado, 7 de agosto de 2010

El desembarco de Normandía

Playas de Normandía, 6 de junio de 1944. Dia D, hora H:


Cuando las barcazas de los ejércitos norteamericano y británico desplegaron sus puertas, fueron recibidos por hordas de vikingos enloquecidos, que blandían enormes hachas y gritaban enloquecidos en el nombre de Odín.
Los aliados abrieron fuego de inmediato, pero las defensas de los vikingos aguantaban bien, avanzando sin descanso y rebanando cabezas con sus hachas a dos manos. Por fin, a medida que más y más barcazas iba llegando, los americanos obtuvieron el empuje suficiente para tomar parte de la playa y establecer un cuartel general avanzado.

-La cosa no va bien, coronel Johnson – le comunicó un teniente– Nuestras tropas no paran de llegar, pero los vikingos nazis todavía resisten. Quiza… no podamos tomar la playa.
La mirada furibunda del coronel hizo callar a su subordinado.
-¡Tomaremos la playa, antes o después, mientras sigan llegando barcazas con soldados! – bramó, aunque su confianza se quebró un poco al ver cómo un nuevo batallón de sus hombres caía a manos de la gigantesca espada mandoble de un inmenso guerrero rubio con cota de malla – Si no desembarcamos hoy, Europa está perdida. No hay opción, y no podemos huir. Tenemos que tomar la playa.

-¡Coronel! ¡Coronel! – se acercó gritando un soldado – ¡Las cosas se complican! ¡Nuestras barcazas se están hundiendo!
-¿¡Q-qué!?
El soldado jadeo, porque venía corriendo desde la otra punta del campamento, y señaló un punto en el mapa que el Coronel había tendido sobre la mesa.
-Un destacamento de drakkars de guerra ha salido de una gruta oculta en el lateral de la playa y se aproxima al flanco de nuestro grupo de transportes anfibios. Van a cortar nuestros refuerzos.
-¿De qué armamento disponen los drakkars? – preguntó el coronel, luchando por mantener la calma frente a sus hombres.
-Van llenos de vikingos fiesteros que agitan sus jarras de cerveza y cantan canciones de borrachos…

El coronel sonrió. Era momento de usar su arma secreta.
-¡Operador de radio, póngame en contacto con el Alto Mando! – ordenó al soldado encargado del transmisor – Y dígales que es hora de utilizar el bombardeo “aguafiestas”.
Instantes después, un escuadrón de bombarderos desplazados de los portaaviones del Pacífico sobrevolaba los drakkars enemigos, dejando caer su mortal carga: toneladas y toneladas de litros de agua.
-P-pero señor… ¿eso no enfurecerá mucho más a los vikingos? – preguntó el teniente, observándolo todo desde el cuartel de campo de la playa de Normandía. - ¡Ahora nos atacarán con más fuerzas!
-Siga observando y dígame qué es lo que sucede – respondió el coronel, con voz de hierro.
-P-parece que… ¡Imposible! ¡Se pelean entre ellos! ¡A guantazos! ¡Se están hundiendo los barcos ellos mismos!

Pero todo esto también era observado por el comandante de las defensas nazis.
-¡Mierden! ¡Mi ataquen, inutilizaden!– exclamó, golpeando la mesa con el puño. Su sirviente personal, un tullido jorobado llamado Brutus, corrió a esconderse tras la puerta. Se giró hacia su segundo de mando– ¡Liberen la bestien!
-¿E-está seguren?
El comandante nazi le fulminó con la mirada, como respuesta.

Pocos momentos después, el complejo de ametralladoras de la playa de Normandía se abría en dos, para dejar salir de las profundidades de la tierra la última creación de guerra de los alemanes. Los aliados no podían creer lo que veían sus ojos. Era un dragon gigantesco con cuernos de los que colgaban calaveras, que parecía salido de la portada de un disco de heavy metal.
El cuartel de los aliados en la playa restaba completamente consternado ante la visión de tal criatura, un ser que no debería existir. El coronel fue el único que rompió el silencio.
-¡Rápido! ¡Rápido! ¡Que desplieguen el comando Dungeons&Dragons de paracaidistas de la U.S. Air Force! ¡Es nuestra única esperanza!

Pero la infernal criatura fue más rápida, y lanzó una llamarada a los roleros que descendían en paracaídas, que se precipitaron hacia el suelo, consumidos en una bola de fuego. Con el dragón, los vikingos nazis eran los reyes del cielo.
Súbitamente, sin embargo, notaron algo extraño. El humo parecía disiparse en el suelo, y de su interior salió un comando completo de paladines, con sus plateadas armaduras de doscientos kilos y sus espadas y escudos sagrados (eran paladines de Ishtar).
De inmediato cargaron contra los vikingos cercanos, mientras sus camaradas huían aterrados. La columna nazi se desintegraba, presa del miedo.
-¿C-cómo es posible? – preguntó, completamente desconcertado, el teniente. Se giró hacia su comandante, el coronel Johnson, que se apoyaba muy maltrecho en la mesa del cuartel.
Se había quitado varios puntos de vida para obtener suficiente maná de montaña, y tenía en su mano, sosteniéndola victoriosamente, una carta de Magic.
- Círculo de protección – fue lo único que dijo, con una sonrisa en los labios – Previene todo daño que provenga de una fuente roja.

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